Los habitantes de pueblo Paquete eran felices, tenían todo lo que necesitaban para vivir en su pequeño y hermético pueblo. Tanto es así que ninguno se aventuraba a salir de él: el colegio quedaba muy céntrico, y los más pequeños acudían sin que ni siquiera fuera necesario que sus familias les acompañaran. Los más mayores del lugar también tenían parques y lugares de ocio donde poder disfrutar del día. Además, de noche también era un pueblo tranquilo, sin ruidos ni nada ni nadie que enturbiara sus dulces y azucarados sueños.
Sin duda pueblo Paquete era un pueblo normal, excepto esas mañanas en las que su mundo se volvía del revés, todo parecía confuso, y parecía como si unos monstruos gigantes o quizá extraterrestres abdujeran a algunos de los habitantes de pueblo Paquete. Era algo muy extraño: este fenómeno paranormal siempre ocurría a misma hora, sobre las 8 y cuarto de la mañana, momento en el cual todo se tambaleaba, como si de un terremoto se tratara, y los habitantes de pueblo Paquete sólo podían esperar a que todo ese vaivén de destrucción cesara para poder continuar con sus vidas. Algunos comentaban que se trataba de un monstruo gigante que se dejaba caer por el pueblo acobardando a sus ciudadanos y capturando a algunos de ellos. Otros decían que se trataba de extraterrestres, que con sus naves abducían a algunos para hacer extraños experimentos con sus glaseados cuerpos. ¿Quién sabe lo que podría estar ocurriendo? Lo único cierto era que nadie que hubiera salido de pueblo Paquete había podido volver.
Un día todo pareció dar un giro radical, cuando uno de los desaparecidos pudo volver y comentó lo sucedido. Era el primer y único habitante regresado de ese mundo extraño que parecía hechizar los alrededores del pueblo.
Continuará...
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